El único equipo sudamericano eliminado en un Mundial de 48 equipos donde avanzan 32 de 48. Cero victorias, cero goles en los últimos dos partidos, y una crisis interna que llegó antes que los dieciseisavos.
El dato es tan brutal que vale repetirlo: Uruguay fue el único equipo de Conmebol que no llegó a dieciseisavos en un Mundial donde avanzan 32 de 48 selecciones. Dos tercios del torneo pasan. Uruguay no fue uno de ellos. Eso no es mala suerte ni un grupo imposible: es un fracaso estructural que no admite excusas decorativas.
El Grupo H tenía a España como candidata, pero también a Arabia Saudita y Cabo Verde. Uruguay, con la nómina que tenía, debía pelear el segundo puesto cómodamente. Empató con Arabia Saudita, empató con Cabo Verde —debutante absoluto en Mundiales— y perdió 1-0 con España en Guadalajara. Tres partidos. Cero victorias. Cero goles en los últimos dos encuentros. Eliminado último del grupo.
El partido con España y el símbolo Muslera
La derrota ante España tuvo un símbolo demasiado cruel para ignorar: el gol de Álex Baena llegó con responsabilidad directa de Fernando Muslera, que salió en el entretiempo. El arquero histórico de la Celeste, en lo que probablemente sea su último Mundial, quedó atrapado en una jugada que resumió la noche entera. Pero reducir la eliminación al error del arquero sería hacerle un favor al resto del equipo y al cuerpo técnico.
Uruguay tuvo a Federico Valverde, Darwin Núñez, Rodrigo Bentancur, Manuel Ugarte y Nicolás de la Cruz. Nombres de elite, jugadores que en sus clubes son titulares indiscutidos en las ligas más competitivas del mundo. Ninguno de ellos pudo transformar lo que Bielsa le pedía en peligro real sobre el arco rival. Eso habla de un sistema que no encajó con los jugadores que lo tenían que ejecutar.
Las tensiones internas y el final anunciado
Reuters reportó tensiones internas antes del partido con España: referentes como Valverde, Bentancur, Ugarte y Rochet habrían planteado reparos sobre las cargas físicas y el funcionamiento táctico del equipo. El ciclo, que ya venía sin victorias desde octubre de 2025, se desarmó justo cuando debía competir en serio. Esa combinación —técnico con ideas propias muy marcadas, jugadores de elite con liderazgo en sus clubes y una brecha táctica que nadie pudo cerrar— es la fórmula exacta del fracaso.
Bielsa quiso incendiar el torneo con intensidad, presión y rebeldía. Terminó quemando la convivencia antes de que el torneo se pusiera serio. El ángulo más doloroso no es la eliminación: es que Uruguay tenía para más, y todos lo saben.